EL
MALESTAR EN LA CULTURA (1930)
ERMG
El
malestar en la cultura Este trabajo, en
conjunto con Psicología de las masas y análisis del yo que
había escrito en 1921, se reconoce entre las obras más relevantes de Freud en
el área de la psicología social y se considera uno de los textos críticos más
influyentes del siglo XX en ciencias sociales.
Temas:
1. El
antagonismo existente entre las exigencias pulsionales y las restricciones
impuestas por la cultura. Es decir, una contradicción entre la cultura y las
pulsiones donde rige lo siguiente: mientras la cultura intenta instaurar
unidades sociales cada vez mayores, restringe para ello el despliegue y la
satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas, transformando una parte de
la pulsión agresiva en sentimiento de culpa. Por eso, la cultura genera
insatisfacción y sufrimiento. Cuanto más se desarrolla la cultura, más crece el
malestar.
2. El
tema central del Malestar en la cultura es la culpa.
3. La
pulsión de destrucción.
4. Concepto
de alibido.
5. El
instinto-objeto del “eros” y el instinto-ego del “thanatos” (muerte en griego).
6. La vida y la civilización nacen y se
desarrollan a partir de una eterna lucha entre estas dos fuerzas
interpersonales de amor y odio.
7. El
sometimiento de la civilización a las necesidades económicas, que imponen un
pesado tributo tanto a la sexualidad como a la agresividad, a cambio de un poco
de seguridad.
1
Las
satisfacciones sustitutivas, como nos la ofrece el arte son, frente a la realidad,
ilusiones, pero no por ello menos eficaces psíquicamente, gracias al papel que
la imaginación mantiene en la vida anímica
2
Quien
posee Ciencia y Arte también tiene Religión; quien no posee una ni otra,¡tenga
Religión!
3
La
ligera narcosis en que nos sumerge el
arte sólo proporciona un refugio fugaz ante los azares de la existen- cia y
carece de poderío suficiente como para hacernos olvidar la miseria real.
4
En
un momento determinado, todos llegamos a abandonar, como ilusiones, cuantas
esperanzas juve- niles habíamos puesto en el prójimo; todos sufrimos la
experien- cia de comprobar cómo la maldad de éste nos amarga y dificulta la
vida.
5
Los
comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal.
Según ellos, el hombre sería bueno de todo corazón, abrigaría las mejores
intenciones para con el prójimo, pero la institución de la propiedad privada
habría corrompido su naturaleza. La posesión privada de bienes concede a unos
el po- derío, y con ello la tentación de abusar de los otros; los exclui- dos
de la propiedad deben sublevarse hostilmente contra sus opresores. Si se
aboliera la propiedad privada, si se hicieran co-
munes
todos los bienes, dejando que todos participaran de su provecho, desaparecería
la malquerencia y la hostilidad entre los seres humanos. Dado que todas las
necesidades quedarían satis- fechas, nadie tendría motivo de ver en el prójimo
a un enemigo; todos se plegarían de buen grado a la necesidad del trabajo. No
me concierne la crítica económica del sistema comunista; no me es posible
investigar si la abolición de la propiedad privada es oportuna y conveniente;
pero, en cambio, puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica. Es
verdad que al abolir la propiedad privada se sustrae a la agresividad humana
uno de sus instrumentos, sin duda uno muy fuerte, pero de ningún modo el más
fuerte de todos. Sin embargo, nada se habrá modificado con ello en las
diferencias de poderío y de influencia que la agresivi- dad aprovecha para sus propósitos;
tampoco se habrá cambiado la esencia de ésta. El instinto agresivo no es una
consecuencia de la propiedad, sino que regía casi sin restricciones en épocas
primitivas, cuando la propiedad aún era bien poca cosa.
6
Entre
todas las nociones gradualmente desarrolladas por la teoría analítica, la
doctrina de los instintos es la que dio lugar a los más arduos y laboriosos progresos.
Sin embargo, representa una pieza tan esencial en el con- junto de la teoría
psicoanalítica que fue preciso llenar su lugar con un elemento cualquiera. En
la completa perplejidad de mis estudios iniciales, me ofreció un primer punto
de apoyo el afo- rismo de Schiller, el poeta filósofo, según el cual «hambre y
amor» hacen girar coherentemente el mundo. Bien podía consi- derar el hambre
como representante de aquellos instintos que tienden a conservar al individuo;
el amor, en cambio, tiende hacia los objetos: su función primordial, favorecida
en toda for- ma por la Naturaleza, reside en la conservación de la especie.
7
A
quienes creen en los cuentos de hadas no les agrada oír mentar la innata
inclinación del hombre hacia «lo malo», a la agresión, a la destrucción y con
ello también a la crueldad. ¿Acaso Dios no nos creó a imagen de su propia
perfección? Pues por eso nadie quiere que se le re- cuerde cuán difícil resulta
conciliar la existencia del mal - innegable, pese a todas las protestas de la
Christian Science- con la omnipotencia y la soberana bondad de Dios. El Diablo
aun sería el mejor subterfugio para disculpar a Dios, pues desempe- ñaría la
misma función económica de descarga que el judío cumple en el mundo de los
ideales arios.
8
Las
religiones, por lo menos, jamás han dejado de reconocer la importancia del
sentimiento de culpabilidad para la cultura, denominándolo «pecado» y
pretendiendo librar de él a la Humanidad, aspecto éste que omití considerar en
cierta ocasión.
9
El
super-yo es una instancia psíquica inferida por nosotros; la conciencia es una
de las funciones que le atribuimos, junto a otras; está destinada a vigilar los
actos y las intenciones del yo, juzgándolos y ejerciendo una actividad
censoria.
10
A
mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia
de si -y hasta qué punto- el desarrollo cultu- ral logrará hacer frente a las
perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de
autodestrucción.
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