TOTEM
Y TABÚ (1913)
ERMG
Totem
y tabú deeSigmund Freud fue publicado en 1913. Consiste en la aplicación de
psiconálisis en la antropología. Consta de cuatro partes
1
La tesis central de este libro queda expresada
en la hipótesis de que existiría un origen común del totemismo y la exogamia,
determinados por el conflicto humano fundamental entre el deseo y la
prohibición.
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La
cena totémica del padre asesinado simboliza también la internalización del
padre y de su autoridad o "ley". Así, la cultura y el Superyó
tendrían según la teoría freudiana un origen estructuralmente paralelo.
3
El
tótem es una figura que representa la unión de un grupo, no por lazos
consanguíneos, sino por pertenecer a la misma imagen totémica, que puede ser un
animal, una planta o una fuerza natural (rayo, fuego).
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Temor
al incesto: en cada lugar donde rigen las costumbres del tótem, a los miembros
del clan se les prohíbe estrictamente mantener relaciones sexuales o casarse
entre ellos.
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Tabú
y la ambivalencia de las emociones: Según Freud, el tabú corresponde en la
psiquis humana al Trastorno obsesivo-compulsivo, que es caracterizado por
prohibiciones, sobre todo por prohibiciones de contacto y que es la expresión
de un conflicto entre deseo y prohibición: donde hay una prohibición es porque
hay un deseo.
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Los
tabús más antiguos establecen que el animal representado por el tótem no debe
ser cazado y las relaciones sexuales entre los miembros del clan del tótem
están prohibidas. Freud lo interpreta como la prohibición de los más antiguos
deseos de la raza humana: el asesinato y el incesto.
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Animismo,
magia, y la omnipotencia de los pensamientos: a lo largo del desarrollo humano
se habrían formulado tres sistemas de pensamiento) para explicar
exhaustivamente el mundo: el animismo, la religión y la visión científica.
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Sostiene
que en el animismo el ser humano se atribuye a sí mismo (a través de la magia)
la omnipotencia de los pensamientos, así como un niño puede imaginar que sus
deseos son cumplidos a través de la alucinaciones y que es similar a la manera
a como el neurótico imagina que lo que piensa y siente es efectivo sin importar
su coincidencia con la realidad. En la visión religiosa del mundo, la
omnipotencia de los pensamientos es atribuida a los dioses.
En
la tercera cosmovisión, la científica, el ser humano renuncia a su creencia en
la omnipotencia de los pensamientos, se adapta a la realidad y reconoce su
pequeñez.
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El
animal representado no solo es venerado sino también odiado y temido.
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Dios
es el padre asesinado: Al comienzo existió un padre violento y celoso que hizo
suyas todas las hembras y expulsó a sus hijos, los que por esa razón quedaron
con sentimientos contradictorios de odio y admiración hacia el padre. Unidos
mataron a golpes a su padre, con lo que dieron satisfacción a su odio por él, y
después lo comieron, consumando canibalísticamente la identificación de cada
uno de los hijos con su padre, lo que también trajo consigo el fin de las
rivalidades entre ellos. Tras ese logro les sobrevino el arrepentimiento y los
sentimientos de cariño por el deudo por lo que renegaron del acto. Declararon
inaceptable dar muerte al reemplazo del padre, el tótem, lo que condujo a la
prohibición de matar. También se abstuvieron de tomar a los frutos del acto
renunciando a las mujeres que habían quedado sin macho lo que condujo a la
prohibición del incesto y al precepto de la exogamia.
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Expondré
aquí dos ejemplos de transmisión (o más bien de desplazamiento) de la
prohibición. Uno de ellos está tomado de la vida de los maorí y el otro de una
observación clínica de una de mis en- fermas, atacada de una neurosis obsesiva.
«Un
jefe maorí no intentará jamás reanimar el fuego con su aliento, pues su aliento
sagrado comunicaría su fuerza al fuego, el fuego a la vasija colocada sobre él,
la vasija a los alimentos que en ella cuecen, y los alimentos a la persona que
los consumiere, lo cual traería consigo la muerte de la per- sona que hubiere
comido los alimentos preparados en la vasija calentada sobre el fuego y
reanimado con el aliento del jefe, sagrado y peligroso».
Por
lo que a mi enferma respecta, exige que un objeto que su marido acaba de
comprar sea alejado de la casa, sin lo cual le será imposible residir en ella,
pues ha oído decir que dicho objeto ha sido comprado en una tienda situada, por
ejemplo, en la calle de los Ciervos. Ahora bien: una de sus ami- gas, que
reside en una lejana ciudad y a la que conoció en otros tiempos, de soltera, es
actualmente la señora de Ciervo. Esta amiga es hoy, para ella, imposible o
tabú, y el objeto comprado aquí en Viena resulta tan tabú como la amiga misma,
con la cual no quiere tener relación ninguna.
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Toque
real:
b)El
tabú de los soberanos.- La actitud de los pueblos primitivos hacia sus jefes,
reyes y sacerdo- tes se halla regida por dos principios que parecen completarse
más que contradecirse. El súbdito debe preservarse de ellos y debe protegerlos.
Estos dos fines quedan cumplidos por medio de una multitud de prescripciones
tabú. Sabemos ya por qué es necesario preservarse de los señores: son
portadores de aquella fuerza mágica misteriosa y peligrosa que, como una carga
eléctrica, se comu- nica por contacto y determina la muerte y la perdición de
aquel que no se halla protegido por una carga equivalente. Por tanto, se evita
todo contacto directo o indirecto con la peligrosa santidad, y para aquellos
casos en los que este contacto no puede ser eludido, se ha inventado un
ceremonial destinado a alejar las consecuencias temidas. Así, los nubas del
África oriental creen que morirán si penetran en la casa de su rey-sacerdote,
pero que pueden escapar a este peligro si al entrar descu- bren su hombro
izquierdo y obtienen que el rey lo toque con su mano. De este modo se llega al
sin- gular resultado de que el contacto del rey se convierte en un medio de
curación y protección contra los males resultantes de dicho contacto mismo; mas
habremos de observar que el contacto curativo es el iniciado por el rey y
dependiente de su regia voluntad, mientras que el peligroso es el resultante de
la iniciativa del súbdito. Así, pues, la cualidad del contacto del rey se halla
condicionada por la actitud del súbdito -activa o pasiva- con respecto a la
regia persona.
Para
hallar ejemplos del poder curativo del contacto real no necesitamos buscarlos
entre los salvajes. En una época no muy lejana ejercían este poder los reyes de
Inglaterra para curar las escrófulas, que por tal razón eran llamadas the
king's evil (la enfermedad real). Ni la reina Isabel ni ninguno de sus
sucesores renunciaron a tal prerrogativa real, y se cuenta que Carlos I curó en
1633, de una sola vez, cien enfermos. Posteriormente, bajo el reinado de su
hijo Carlos II, el vencedor de la gran Revo- lución inglesa, alcanzó esta
curación de las escrófulas por el contacto del rey su más amplio floreci-
miento. Cuéntase, en efecto, que durante su reinado curó Carlos II a más de
cien mil escrofulosos. La afluencia de enfermos era tan grande, que varios de
ellos murieron una vez ahogados entre la multitud. El escéptico Guillermo III
de Orange, rey de Inglaterra, después de la expulsión de los Es- tuardos,
desconfiaba de la realidad de tal poder, y la única vez que consintió en ejercer
la regia fun- ción curativa lo hizo diciendo a los enfermos: «Que Dios os dé
mejor salud y os haga más razonables»
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Arte,
religión y filosofía.
Nuestra
comparación entre el tabú y la neurosis obsesiva revela ya las relaciones
existentes entre las diversas formas de neurosis y las formaciones sociales y,
al mismo tiempo, la importancia que presenta el estudio de la psicología de las
neurosis para la inteligencia del desarrollo de la civilización.
Las
neurosis presentan, por una parte, sorprendentes y profundas analogías con las
grandes pro- ducciones sociales del arte, la religión y la filosofía, y, por
otra, se nos muestran como deformaciones de dichas producciones. Podríamos
casi decir que una histeria es una obra de arte deformada, que una
neurosis obsesiva es una religión deformada y que una manía paranoica es un
sistema filosófico deformado. Tales deformaciones se explican en último
análisis por el hecho de que las neurosis son formaciones asociales que
intentan realizar con medios particulares lo que la sociedad realiza por medio
del esfuerzo colectivo. Analizando las tendencias que constituyen la base de
las neurosis, hallamos que las tendencias sexuales desempeñan un papel
decisivo, mientras que las formaciones sociales a que antes hemos aludido reposan
sobre tendencias nacidas de una reunión de factores egoístas y factores
eróticos. La necesidad sexual es impotente para unir a los hombres, como lo ha-
cen las exigencias de la conservación. La satisfacción sexual es, ante todo,
una cuestión privada e individual.
Desde
el punto de vista genético, la naturaleza social de la neurosis se deriva de su
tendencia origi- nal a huir de la realidad, que no ofrece satisfacciones, para
refugiarse en un mundo imaginario lleno de atractivas promesas. En este mundo real,
del que el neurótico huye, reina la sociedad humana con todas las instituciones
creadas por el trabajo colectivo, y volviendo la espalda a esta realidad, se
excluye por sí mismo el neurótico de la comunidad humana.
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El
arte.
El
arte es el único dominio en el que la «omnipotencia de las ideas» se ha
mantenido hasta nuestro días. Sólo en el arte sucede aún que un hombre
atormentado por los deseos cree algo semejante a una satisfacción y que este
juego provoque -merced a la ilusión artística- efectos afectivos, como si se
tratase de algo real. Con razón se habla de la magia del arte y se compara
al artista a un hechicero. Pero esta comparación es, quizá, aún más
significativa de lo que parece. El arte, que no comenzó en modo alguno siendo
«el arte por el arte», se hallaba al principio al servicio de tendencias hoy
extinguidas en su mayoría, y podemos suponer que entre dichas tendencias
existía un cierto número de intenciones mágicas.
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Hallamos
entonces que tanto temporalmente como por su contenido corresponden la fase
animista al narcisismo, la fase religiosa al estadio de objetivación
caracterizado por la fijación de la libido a los padres y la fase científica a
aquel estado de madurez en el que El individuo renuncia al principio del
placer, y subordinándose a la realidad, busca su objeto en el mundo exterior.
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El
tabú de los muertos.- Sabemos ya que los muertos son poderosos
soberanos; quizá nos asombre averiguar hasta que son también considerados como
enemigos.
Manteniendo
nuestra comparación con el contagio podemos decir que el tabú de los muertos
mues- tra en la mayor parte de los pueblos primitivos una particular
virulencia. Este tabú se manifiesta, primeramente, en las consecuencias que el
contacto con los muertos trae consigo y en el trato especial de que son objeto
las personas afines al individuo fallecido. Entre los maoríes, aquellos que han
tocado a un muerto o asistido a un entierro se hacen extraordinariamente
«impuros» y son privados de toda comunicación con sus semejantes, quedando, por
decirlo así, «boicoteados». Un hombre con- taminado por el contacto de un
muerto no puede entrar en una casa ni tocar a una persona o un ob- jeto sin
hacerlos impuros. No debe tampoco tocar el alimento con sus manos, cuya
impureza las hace impropias para todo uso. La comida es colocada a sus pies, en
el suelo, y tiene que comer co- mo buenamente pueda, utilizando tan sólo sus
labios y sus dientes y con las manos cruzadas a la espalda. Algunas veces le
está permitido hacerse dar de comer por otra persona, la cual debe cum- plir
este cometido con cuidado de no tocar al desdichado tabú, y queda sometida a
restricciones no menos rigurosas. En todas las aldeas maoríes suele haber un
individuo que vive abandonado y mise- rable, al margen de la sociedad, y se
mantiene a duras penas de escasas limosnas. Sólo éste puede aproximarse, a una
distancia igual a la longitud de un brazo, o aquellos que han tributado a un
muer- to los últimos homenajes. Cuando el período de aislamiento llega a su fin
y puede el hombre impuro comunicar de nuevo con sus semejantes, es destruida
toda la vajilla de la que se ha servido durante el período peligroso y
desechados todos sus vestidos.
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En
todos estos casos nos es fácil demostrar que ha tenido efecto una nueva
ordenación de los materiales psíquicos, correspondiente a un nuevo fin, y a
veces forzada, aunque comprensible si nos colocamos en el punto de vista del
sistema. Lo que mejor caracteriza entonces a este último es que cada uno de sus
elementos deja transparentar, por lo menos, dos motivaciones, una de las cuales
reposa en los principios que constituyen la base del sistema (y puede, por tanto,
presentar todos los caracteres de la locura), y otra, oculta, que debe ser
considerada como la única eficaz y real.
He
aquí, a título de ilustración, un ejemplo tomado de la neurosis. En el capítulo
sobre el tabú he mencionado de pasada a una enferma cuyas interdicciones
obsesivas presentaban una singularísima semejanza con el tabú de los maoríes.
La neurosis de esta mujer se hallaba orientada contra su ma- rido y culminaba
en la repulsa del deseo inconsciente de la muerte del mismo. Sin embargo, en su
fobia, manifiesta y sistemática, no piensa la paciente para nada en su marido,
el cual aparece elimi- nado de sus cuidados y preocupaciones conscientes. Lo
que la paciente teme es oír hablar de la muerte en general. Un día oyó a su
marido encargar que mandasen afilar sus navajas de afeitar a una determinada
tienda. Impulsada por una singular inquietud, fue la paciente a ver el lugar en
el que dicha tienda se hallaba situada, y a la vuelta de su viaje de
exploración exigió de su marido que se desprendiese para siempre de sus
navajas, pues había descubierto que al lado de la tienda en la que iban a ser
afiladas existía una funeraria. De este modo creó su intención un enlace
indisoluble entre las navajas de afeitar y la idea de la muerte. Esta es la
motivación sistemática de la prohibición. Pero podemos estar seguros de que aun
sin el descubrimiento de la macabra vecindad hubiera vuelto la enferma a su
casa en la misma disposición de ánimo. Para ello le hubiera bastado encontrar
en su camino un entierro, una persona de luto o ver una corona fúnebre. La red
de las condiciones se halla- ba suficientemente extendida para que la presa
cayera en ella, fuese como fuese. Sólo de la sujeto dependía aprovechar o no
las ocasiones que habían de presentarse.
Sin
temor a equivocarnos podemos admitir que en otros casos cerraba los ojos ante
tales ocasiones, y entonces decía que «el día había sido bueno». Asimismo
adivinamos fácilmente la causa real de la prohibición relativa a las navajas de
afeitar. Tratábase de un acto de defensa contra el placer que la paciente
experimentaba ante el pensamiento de que al servirse de las navajas
recientemente afila- das podía su marido cortarse fácilmente el cuello.
Exactamente
del mismo modo podemos reconstruir y detallar una perturbación de la
deambulación, una abasia o una agorafobia, en los casos en que uno de estos
síntomas ha conseguido sustituir o un deseo inconsciente y a la defensa contra
el mismo. Todas las demás fantasías inconscientes o reminiscencias eficaces del
enfermo utilizan entonces tal exutorio para imponerse, a título de mani-
festaciones sintomáticas, y entrar en el cuadro formado por la perturbación de
la deambulación, afec- tando relaciones aparentemente racionales con los demás
elementos. Sería, pues, una empresa vana y absurda querer deducir, por ejemplo,
la estructura sintomática y los detalles de una agorafo- bia del principio
fundamental de la misma.
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Una
fiesta es un exceso permitido y hasta ordenado,
una violación solemne de una prohibición. Pero el exceso no depende del alegre
estado de ánimo de los hombres, nacido de una prescripción de- terminada, sino
que reposa en la naturaleza misma de la fiesta, y la alegría es producida por
la libertad de realizar lo que en tiempos normales se halla rigurosamente
prohibido.
Pero
¿qué significa el duelo consecutivo a la muerte del animal totémico y que sirve
de introducción a esta alegre fiesta? Si la tribu se regocija del sacrificio
del tótem, que es un acto ordinariamente prohi- bido, ¿por qué lo llora al
mismo tiempo?
Sabemos
que la absorción del tótem santifica a los miembros de la tribu y refuerza la
identidad de cada uno de ellos con los demás y de todos con el tótem mismo. El
hecho de haber absorbido la vida sagrada, encarnada en la sustancia del tótem,
explica la alegría de los miembros de la tribu, con todas sus consecuencias.