FILOSOFÍA

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domingo, 15 de marzo de 2026

¿POR QUÉ FAUSTO LE VENDIÓ EL ALMA AL DIABLO?

 

¿POR QUÉ FAUSTO LE VENDIÓ EL ALMA AL DIABLO?

 

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

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Fausto (1808-1832) de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) trata de dilucidar la relación entre el bien y el mal.

Las dos partes del Fausto son muy confusas, hasta el punto que Harold Bloom en su polémica obra El canon occidental (1994) dice que Heidegger escribe clarísimo en comparación con Goethe.

Digresión: El filósofo argentino Mario Bunge dijo: “Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofasia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado”.

 

La primera parte es entendible, pero la segunda es laberíntica, grotesca y alocada,  tal vez por aquello que dijo Cervantes cuando supo sobre la publicación del Quijote de Avellaneda: “Segundas partes nunca fueron buenas”.

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Al inicio, Fausto es un pensador de alto vuelo que diserta así:  “¡Ah! Filosofía, jurisprudencia, medicina y hasta teología, todo lo he profundizado con entusiasmo creciente, y ¡heme aquí, pobre loco, tan sabio como antes!”. Pero luego pierde la cabeza por las mujeres.

Fausto quiere sentir nuevamente la pasión que solo otorga la juventud, y por eso le vende su alma a Mefistófeles (el Diablo) a través de un pacto firmado con sangre y beber un elixir en la "Cocina de la bruja".

Cuando se enamora locamente de Margarita, se aferra más a Satanás para conquistar a la niña. Margarita no pasaba de quince años, mientras que Fausto era cincuentón. Esto sucede en la primera parte.

 

 

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En la segunda parte, Fausto, con casi cien años de edad, se enamora de Helena (24 años); y entiende que necesita mucho más de los recursos potenciadores de Mefistófeles.

Es claro que, si en aquel tiempo hubiese existido la viagra, Fausto no le hubiese vendido su alma al Diablo.

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Con esta sencilla explicación se acaban doscientos años de discusiones estériles entre los grandes expertos, filósofos, literatos sobre las razones que impulsaron la conducta de Fausto.

La   navaja de Occam se impone nuevamente.

 

 

 

 

 

 

 

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